PEQUEÑOS SUEÑOS Y GRANDES HERIDAS
PEQUEÑOS SUEÑOS Y GRANDES HERIDAS
Era una noche calurosa
en los años 80, en la gran ciudad de Papantla Veracruz, los techos de lámina
sonaban y crujían por la intensa lluvia de verano. El pequeño Óscar se
encontraba en un rincón de la habitación, en donde se ubicaba una pequeña mesa,
un cuaderno y un reloj. Oscar movió la pequeña mesa para que no fuese alcanzada
por la gotera, tomó su cuaderno en el cual estudiaría y haría su tarea, y el
reloj que marcaría la hora de inicio de su actividad secreta. Exactamente a las
8, escucharía a su padrastro llegar y discutir con su madre e irse a acostar,
pero antes de eso, apagó la luz diciendo con palabras altisonantes -apaga la
luz, chamaco del demonio, como si tú la pagaras- a lo cual Óscar obedecía, y en
secreto prendía el quinqué, y así terminar su tarea e irse a dormir.
Apenas amanecía, iniciaba con los quehaceres que su
padrastro le encomendaba, cuando se atrasaba, su primo Beto, de 7 años, lo
apoyaba, cuando terminaban, su madre ya los esperaba en la cocina, a lado del
fogón, ofreciéndoles una enchilada y una taza de café, también alistaba la
canasta de chiles para vender. Ella decía: agregué 5 más y uno para que te
lo comas en el recreo, lo cual agradecían. Óscar, también le dio los centavos
del día anterior, la señora, alcanzó un pequeño recipiente de metal que estaba
escondido detrás de los leños, donde ahorraba el dinero del niño.
Los niños partieron hacia el
centro de la ciudad, Óscar cargaba la canasta de chiles y Beto una caja de
bolero; que al caminar tropezaba con su rodilla y hacía sonar las monedas que
celosamente guardaba en una pequeña lata. Ambos niños compartían un sueño con
los ahorros de sus ventas y sus boleadas cada uno compraría un portafolio de
cuero, justo en este día, podrían alcanzar su meta, si se esforzaban. Beto se
ubicó en el quiosco y Óscar se dirigió a la cantina en donde siempre vendía
más. Cuando se decidió a entrar se percató que estaba presente su papá
biológico al verlo, sintió una mezcla de sentimientos que le revolvían el
estómago, sin duda no podría entrar, acudió con su primo, le suplicó que él
fuera, que cuidaría de su cajón de bolear y también le daría a cambio el chile
que comería en el recreo, Beto aceptó el trato, se dirigió a la cantina y
vendió con éxito la canasta de chiles. Cuando se disponía a salir se sorprendió
al encontrarse a su padre que era apodado “el mexicano”, quien con una sonrisa
lo saludó y cargó en sus brazos para posteriormente sentarlo sobre el
mostrador, presumiendo y alardeando por el buen parecido y cachetes chapeados
de su hijo, a lo que las muchachas del lugar respondían con besos y caricias,
las cuales le incomodaban al niño, pero no podía irse aún pues su padre había
hecho una apuesta con el cantinero, la cual era: -Mi hijo puede comerse un
huevo crudo sin ayuda-, y no podía dejar en vergüenza a su padre. El cantinero
ofreció al niño el huevo, Beto sin pensarlo, lo tomó y estrelló sobre el
mostrador, de inmediato recogió el huevo con su mano sucia y comió de un
bocado. Las risas de las personas que lo rodeaban y la humillación no le
importaba solo observaba la cara de satisfacción de su padre por haber ganado
la apuesta. A lo lejos reconoció el silbido de Óscar quien lo llamaba
insistentemente pues ya era tarde y la campana de la escuela vespertina sonaría
en cualquier momento, el pequeño Beto escondiéndose entre las mesas escapaba de
la mirada de su padre para salir de aquel lugar.
Al encontrarse, ambos niños cruzaron el parque para
encontrarse con la vitrina de la papelería en donde exhibían el portafolio de
cuero con el que soñaban, probablemente pronto llegaría el día en que
ahorrarían suficiente para poder conseguirlo, y partían hacía la escuela esperanzados
en que el día de mañana pudieran olvidar esos momentos tan angustiantes que les
provocaba dolor de estómago que ellos no sabían, pero marcarían para el resto
de su vida.
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